El sol de Alzhar se filtraba por los ventanales de la sala del consejo, proyectando largas sombras sobre el suelo de mármol. Khaled permanecía de pie, con la espalda recta y la mirada fija en los rostros de los ancianos sentados frente a él. Había sido convocado con urgencia, y aunque sabía perfectamente el motivo, se había presentado con la dignidad y el porte que caracterizaban a un Al-Fayad.
La sala circular, con sus columnas de piedra tallada y sus tapices ancestrales, había sido testigo de