El atardecer en Alzhar pintaba el cielo de tonos anaranjados y púrpuras mientras Mariana ordenaba la habitación de los niños. Había pasado la tarde ayudándoles con sus tareas escolares, y ahora que habían terminado, Amira y Sami jugaban tranquilamente en la alfombra. La normalidad había regresado gradualmente al palacio tras los últimos acontecimientos, pero Mariana sabía que esa calma era frágil como cristal.
Observó a los pequeños con ternura. Amira, con su cabello negro recogido en una trenza