El sol de Alzhar se elevaba implacable sobre el palacio real, proyectando sombras alargadas a través de los antiguos pasillos de mármol. Khaled Al-Fayad ajustó el pliegue de su thobe inmaculadamente blanco mientras avanzaba con paso firme hacia la Sala del Consejo. Sus guardaespaldas mantenían una distancia respetuosa, pero él apenas notaba su presencia. Su mente estaba ocupada en descifrar el motivo de esta convocatoria urgente.
La citación había llegado al amanecer, con el sello oficial del Co