El cielo de Alzhar se desplegaba como un manto de terciopelo negro salpicado de diamantes sobre la terraza del palacio. Mariana había extendido una gran alfombra persa sobre el suelo de mármol y colocado varios cojines de seda para que los niños se acomodaran. La brisa nocturna era perfecta, ni demasiado cálida ni demasiado fría, y traía consigo el aroma de los jazmines que crecían en los jardines inferiores.
Amira y Sami, ya en pijama, escuchaban con atención mientras Mariana pasaba las páginas