El reloj de pared marcaba casi la medianoche cuando Khaled se frotó los ojos cansados. La luz tenue de su despacho privado proyectaba sombras alargadas sobre los documentos esparcidos por la amplia mesa de caoba. Llevaba horas revisando contratos para la nueva refinería, un proyecto que podría transformar la economía de Alzhar, pero su mente se negaba a cooperar.
No era el cansancio lo que lo distraía. Era ella.
Mariana había accedido a ayudarlo con la traducción de algunos documentos en español