El Gran Salón del Palacio Real resplandecía bajo las luces de los candelabros de cristal. Khaled Al-Fayad, impecablemente vestido con su thobe blanco y bisht negro bordado en oro, mantenía una sonrisa diplomática mientras intercambiaba saludos con los dignatarios extranjeros. La recepción en honor a la delegación europea era uno de esos eventos protocolarios que, como Jeque de Alzhar, no podía eludir.
Sin embargo, su mente estaba en otro lugar. O más precisamente, en otra persona.
Cada pocos min