Khaled observó desde la ventana de su despacho cómo Mariana corría por los jardines del palacio persiguiendo a Amira, quien reía a carcajadas. Su hija, normalmente tan reservada, parecía otra niña desde la llegada de la mexicana. Incluso Sami, siempre tan serio para su edad, había empezado a mostrar destellos de la alegría infantil que debería caracterizar a un niño de su edad.
Apretó la mandíbula con fuerza. Le irritaba profundamente la facilidad con que aquella mujer había conseguido lo que él