El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de seda de la habitación de Mariana, dibujando patrones dorados sobre la alfombra persa. Habían pasado casi dos meses desde su llegada a Alzhar, y poco a poco comenzaba a sentirse menos extraña en aquel mundo de lujos y protocolos. Los niños la adoraban, especialmente la pequeña Amira, quien la seguía como una sombra por los pasillos del palacio.
Mariana se miró en el espejo mientras cepillaba su cabello. Había adoptado algunas costumbres locales,