Alice no tenía prisa. Nunca se apresuraba en nada; se movía como el agua: silenciosa, paciente, encontrando cada resquicio sin que nadie se diera cuenta.
Fue a ver al Anciano Marcus un martes. Los martes por la mañana, Marcus se sentaba solo en el salón este revisando los registros de la manada; sus dos compañeros habituales estaban ocupados en otro lugar, y nadie entraba ni salía durante al menos dos horas. Ella lo sabía y lo aprovechaba.
Llevaba té. Marcus levantó la vista cuando ella entró,