C54: CON ESE ROSTRO NO PUEDES PEDIR NADA.
El hombre la observó unos segundos más y, con un semblante pensativo, añadió en voz baja que la loba aún era joven, que quizá podría resultar útil para algún sujeto con inclinaciones extrañas o, en el mejor de los casos, servir como empleada en la casa de algún lobo adinerado.
Su compañero asintió lentamente, evaluándola con la misma frialdad, como si no se tratara de una persona sino de una mercancía cuya utilidad aún debía definirse.
No perdió el tiempo. Con movimientos bruscos, la sujetaron cuando aún estaba inconsciente. Ataron sus muñecas y sus tobillos con cuerdas ásperas, apretándolas lo suficiente como para inmovilizarla por completo. Luego la trasladaron junto a los demás.
No estaban solos: detrás de ellos avanzaba un grupo mayor, lobos cargando jaulas de madera y conduciendo a otras personas atadas, obligadas a caminar con la cabeza baja. Era evidente que aquello no era un hecho aislado, sino parte de algo mucho más grande y organizado.
A Sigrid la introdujeron en una de es