Con el transcurso de los días, Sigrid pasó a ser una nana para Damián, aunque ese vínculo jamás podía ser reconocido ni nombrado. Para el mundo, ella no era nada más que una presencia secundaria; para África, una ayuda necesaria; y para el cachorro, aun sin saberlo, era su madre.
Aquella verdad solo existía entre África y Sigrid, sellada por el secreto. Nadie más podía sospechar sobre la cercanía excesiva entre Sigrid y el pequeño, ni percibir la intimidad que se construía entre ambos. Todo ocurría a puertas cerradas, dentro de la habitación de África, donde las miradas ajenas no alcanzaban y donde las normas podían torcerse sin testigos.
África, pese a su autoridad, descubrió pronto que controlar a Damián no era una tarea sencilla. El cachorro tenía momentos de hambre intensa en los que lloraba sin consuelo, reclamando alimento con una insistencia que agotaba la paciencia. En esas ocasiones, no había nada que lo calmara hasta que Sigrid lo amamantaba.
Otras veces, sin embargo, el llan