Dalila permanecía sentada en el sofá, con el cuerpo inclinado hacia adelante y las manos entrelazadas, incapaz de encontrar quietud. Sus piernas se movían de forma constante, reflejando los nervios que no lograba apaciguar.
—No debí dejar que se fuera de esa manera… —murmuró para sí misma.
Se incorporó con decisión, como si ya no pudiera soportar la incertidumbre. Caminó hacia la puerta con la intención de salir en su búsqueda, pero al abrirla se detuvo. Frente a ella, casi en el umbral, estaba