Morgana, sin levantar la cabeza, habló con frialdad.
—Sigrid es un error —dijo—. Nunca debió nacer. Ni siquiera debería estar viva. Yo la dejé con vida únicamente porque así lo decidió mi esposo, y no estaba en posición de oponerme a su voluntad. Cedric era quien tenía la última palabra dentro de nuestro hogar.
Asherad tensó la mandíbula al escucharla.
—Quiero saber quién le hizo esas cicatrices en el rostro —exigió—. Cómo ocurrió. Porque puedo apostar que ella no nació así.
Morgana tragó sali