África no dejó de suplicar. Aferrada a la pierna del Alfa, con el cuerpo sacudido por el llanto, alzó la voz una y otra vez, quebrada, desesperada.
—Alfa, por favor, perdóneme —imploró—. Perdóneme, no tuve opción, pero jamás lo hice para burlarme de usted... Tenga piedad de mí, Alfa, se lo ruego… Hice lo mejor que pude... Quise ser una Luna perfecta, nunca quise fallarle. Todo lo que hice fue por usted, por amor a usted… por amor al Clan, Alfa. Se lo juro...
—¿Por amor a mí? ¿Por amor al Clan? —repitió Asherad—. ¿Ese es tu concepto de amor, África? ¿Mentirme, engañarme, tomarme por un ingenuo?
África alzó la cabeza para mirarlo. Sus ojos estaban enrojecidos, inundados de lágrimas que no dejaban de correr por sus mejillas.
—Alfa… por favor… se lo imploro… perdóneme. Déme otra oportunidad, por favor...
—¿Otra oportunidad? ¿Otra, dices? ¡¿Cuántas oportunidades te he dado?! ¡Te he concedido incontables! Te he perdonado una y otra vez cada una de tus insolencias, he pasado por alto tus fal