El Alfa permaneció con la mirada incrustada en aquel vientre falso que sostenía en la mano. No le tomó demasiado tiempo comprender qué era ni de dónde había salido. Alzó los ojos entonces y observó a África con atención. Ya no había rastro alguno de embarazo. Su figura había vuelto a ser esbelta, el vestido caía recto sobre su cuerpo y nada sobresalía, nada fingía vida donde no la había.
Guardó silencio. Un silencio opresivo que resultó mucho más aterrador para África que cualquier reclamo. Él la miraba sin pestañear, como si pudiera atravesarla con los ojos, como si estuviera desnudando cada mentira, cada pensamiento oculto en lo más profundo de su alma.
El temblor se apoderó del cuerpo de África. Le costaba incluso articular palabras. El nudo en su garganta se volvió insoportable y las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, silenciosas e imparables.
Ante la ausencia total de palabras por parte de él, fue ella quien, desesperada, se atrevió a romper el silencio. Se humede