África inclinó la cabeza, aun cuando el Alfa la sostenía con firmeza por los hombros.
—Sé que solo dice eso para asustarme —murmuró—, porque está enojado, Alfa. Pero usted necesita una razón de peso para acabar conmigo. ¿O acaso le dirá al Clan Asgard que decidió matarme porque me metí en su cama? ¿De verdad les dirá a todos que la razón por la que acabó con su Luna fue porque yo, siendo su esposa, busqué la forma de dormir con usted?
—Alteraste mi bebida, eso es una falta grave.
—Solo le puse un afrodisíaco, fue una forma de estimularlo para que se acostara conmigo. Eso no es un delito. Muchos utilizan el afrodisíaco para aumentar el placer. No hice nada malo.
Asherad no respondió. Desde esa perspectiva, era evidente: resultaría absurdo.
África tenía razón. No podía matarla por algo así. Sí, había desobedecido; sí, había cruzado un límite al manipularlo. Pero el simple hecho de que una esposa buscara el lecho de su esposo no era, en sí mismo, un crimen digno de muerte ante los ojos d