Asherad y Sigrid permanecían recostados en la cama, envueltos en un silencio extrañamente protector. Él no la había dejado marcharse en toda la noche; se negó incluso a considerarlo. Sentía que debía tenerla cerca, que necesitaba comprobar, una y otra vez, que ella estaba a salvo.
En el fondo sabía que no era solo por ella, sino también por sí mismo: era él quien necesitaba sentir que todo estaba en orden, que no la había perdido, que seguía allí.
Después de todo lo ocurrido, después de haber p