Asherad y Sigrid permanecían recostados en la cama, envueltos en un silencio extrañamente protector. Él no la había dejado marcharse en toda la noche; se negó incluso a considerarlo. Sentía que debía tenerla cerca, que necesitaba comprobar, una y otra vez, que ella estaba a salvo.
En el fondo sabía que no era solo por ella, sino también por sí mismo: era él quien necesitaba sentir que todo estaba en orden, que no la había perdido, que seguía allí.
Después de todo lo ocurrido, después de haber presenciado lo que le hicieron a Sigrid, algo profundo dentro de él se había despertado. No era simplemente un instinto protector; era más bien una fuerza que se encendía, que se alzaba desde lo más primitivo de su ser y tomaba el control.
Cada vez que percibía que ella estaba en peligro, esa energía se activaba sin pedir permiso, dominándolo por completo, empujándolo a defenderla sin medir consecuencias. Por ella, Asherad estaba dispuesto a todo.
Por eso no quiso dejarla sola. El solo pensamient