África estaba golpeando el pecho de Asherad una y otra vez. Sus manos chocaban contra su pecho con insistencia, hasta que Asherad le sujetó ambas muñecas para detenerla.
—¡Basta! —ordenó—. ¡Basta, África!
—No lo entiendo… —dijo ella—. ¿Cómo pudo fijarse en esa mujer? ¿Cómo, Alfa? Me negó una y otra vez que fuera su amante, sin embargo la tomó como tal. Jamás creí que usted sería capaz de interesarse en una hembra como esa. Yo los vi, se estaba revolcando con ella en el comedor, ¡sobre la mesa! No tiene ni una pizca de vergüenza, ni el más mínimo respeto hacia mí. ¿Sabe cuánto me humilla? Que prefiera a ese espantajo, y a mí ni siquiera me mira...
—Cierra la boca, África —declaró Asherad de repente.
Al soltarle las muñecas, ella se encogió instintivamente. El tono de su voz había sido tan severo que la obligó a bajar la mirada, aunque la rabia seguía ardiendo dentro de su pecho.
África siempre había sido impulsiva; sus emociones, últimamente, la dominaban más de lo que ella podía contr