El eco de la respiración agitada de ambos fue disminuyendo de ritmo, mimetizándose poco a poco con el vaivén constante de las olas que golpeaban los acantilados de la colina. Emilio no se apartó de inmediato; mantuvo su peso sobre ella, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello mientras sus dedos, aún entrelazados con los de Esmeralda sobre la almohada, se aflojaban con una lentitud cargada de ternura.
Esmeralda entornó los ojos, sintiendo el sudor secándose sobre su piel y los latidos d