El sol comenzó su lento descenso hacia el horizonte, tiñendo el cielo de Aurelia con pinceladas de un rosa viejo y violeta que se reflejaban con timidez en las molduras de la recámara. La pequeña Victoria, con el estómago lleno y el arrullo constante de la marea, había vuelto a caer en ese sueño profundo y pacífico que solo conocen los niños que se saben completamente a salvo.
Esmeralda la acomodó en la cuna colecho con movimientos casi quirúrgicos, asegurándose de que la manta de lino la cub