El cementerio quedó inmóvil.
Ni siquiera los guardias se movieron.
Porque aquella voz tenía algo perturbador.
No era fuerte.
No era agresiva.
Era tranquila.
Demasiado tranquila.
Como la voz de alguien que nunca tuvo que levantar el tono para ser obedecido.
Como la voz de alguien acostumbrado a controlar todo.
Incluso el miedo.
Emilio protegía a Esmeralda con su cuerpo.
La abrazaba con fuerza.
Como si pudiera detener cualquier peligro con sus propias manos.
Y quizás lo habría intentado.
Porque n