Por primera vez en muchos años, Emilio Salazar estaba nervioso.
No por una negociación millonaria.
No por una guerra empresarial.
No por una amenaza.
No por un enemigo.
Estaba nervioso por Esmeralda.
Y aquello era mucho más peligroso.
Porque el hombre que había enfrentado políticos corruptos, empresarios despiadados y criminales sin pestañear, ahora llevaba tres noches sin dormir correctamente.
Todo por una pequeña caja de terciopelo que permanecía escondida en el cajón más seguro de su despach