La mañana siguiente llegó envuelta en una tranquilidad casi desconocida.
Por primera vez en años, Esmeralda despertó sin sobresaltarse.
Sin revisar el teléfono buscando una nueva crisis.
Sin esperar una amenaza.
Sin sentir aquel peso constante sobre los hombros.
Abrió lentamente los ojos.
Y encontró a Emilio observándola.
—Eso empieza a ser un poco inquietante —murmuró ella.
Emilio sonrió.
—Llevo diez minutos viendo cómo duermes.
—Definitivamente es inquietante.
—No pude evitarlo.
Ella soltó un