Aquella noche, la Mansión Villarreal permaneció iluminada hasta altas horas.
Las risas seguían escuchándose en los jardines.
Los empleados, que durante años habían vivido bajo la tensión constante de los conflictos familiares, observaban con emoción cómo la familia comenzaba a reconstruirse.
Incluso las paredes parecían diferentes.
Más cálidas.
Más vivas.
Como si la mansión misma hubiera esperado aquel momento durante décadas.
Esmeralda permanecía sentada junto a Emilio bajo una pérgola adornad