Las luces desaparecieron.
En un instante.
El piso entero quedó sumido en una oscuridad absoluta.
Los gritos comenzaron a escucharse en distintos puntos del hospital.
Las alarmas de emergencia seguían sonando, pero ahora parecían más lejanas, más aterradoras.
Por un momento, Esmeralda no pudo ver nada.
Absolutamente nada.
Entonces sintió una mano rodear la suya.
Firme.
Cálida.
Segura.
Emilio.
—Estoy aquí, pequeña.
Aquellas tres palabras fueron suficientes para que no se derrumbara.
A pesar del m