ESTOY LOCO.
ESTOY LOCO.
Zane no necesitó más y la llevo a su habitación y su peso cayó sobre ella de una manera que la hizo arquearse. Una mano le sujetó la muñeca, clavándola contra las sábanas mientras la otra se deslizó entre sus piernas, encontrándola aún temblorosa y mojada.
—Joder—gruñó, rozando su entrada con los dedos—. Todavía estás palpitando.
Aria no pudo evitar gemir cuando la tocó allí, sensible y casi dolorosamente excitada.
—Zane…—suplicó, sin saber exactamente qué pedía.
Él lo entendió