Cristina
—Soy rudo, Cristina. Entre estas paredes no me porto bien —dijo Gabriel mordiéndome el cuello mientras me levantaba, acunándome el trasero con un pellizco que lo consumía. Me encantó cómo me cargó por el vestíbulo, con las piernas envueltas alrededor de su cintura, estrellándome contra una pared que formaba un cuerpo en espiral, un desastre torcido.
—Ya no quiero más—, grité, —Tengo muchas ganas—. Estaba tan mareada, jadeando mientras él movía su mano inferior para acunar mi montículo,