La habitación se llenó de un zumbido, un ruido estridente que provenía de su teléfono, un intruso en nuestro momento cuyo nombre estaba escrito en letras gruesas y blancas: Miguel.
Hizo una pausa por un momento, retomando su rol de Papi, y su mirada enigmática resucitó cierta asertividad que inicialmente me atrajo hacia él.
Regla número dos, Cristina: la paciencia trae placer. Se apartó con cuidado, absorbiendo el sabor de mi humedad que aún le quedaba en los dedos. Me lamió, disfrutando de un