Cristina estaba en su oficina, sumida en el silencio metódico que solo se rompe con el pasar de las hojas y el suave roce de la pluma sobre el papel. El reloj, discreto pero insistente, marcaba el paso del tiempo. Faltaban pocos minutos para la hora de almorzar, y ella ya anticipaba el encuentro con Jessica, su amiga de años y confidente incondicional.
Frente a ella, una carpeta aguardaba su firma. Cristina la miró con atención, repasando por última vez los documentos. El peso de la responsabil