El reloj marcaba las ocho de la noche.
El silencio en el último penthouse del hotel Colmenares era casi absoluto, roto solo por el sonido del viento que golpeaba suavemente los ventanales de vidrio. Desde allí, la ciudad se extendía como un tapiz de luces doradas y plateadas.
Ruben estaba sentado frente a su escritorio, revisando una carpeta repleta de documentos. Los números y los informes se mezclaban ante sus ojos cansados.
Intentaba concentrarse, pero su mente no dejaba de regresar a los mi