El restaurante del hotel brillaba con lámparas de cristal que caían como cascadas sobre las mesas. Los meseros, impecables en sus trajes negros, caminaban con destreza entre los comensales. Cristina, elegantemente sencilla, entró de la mano de Isaac, seguida de Jessica. El niño, con los ojos brillantes, observaba todo con curiosidad.
Un mesero se inclinó amablemente.
—Bienvenidos, señoras. Síganme, por favor.
Los condujo hacia una mesa junto al ventanal. Desde allí, podían contemplar los jardin