El silencio era insoportable.
No porque nadie hablara…
Sino porque todo lo que había que decir…
Ya se había dicho.
Elena no se movió.
Sus ojos seguían fijos en Luca.
Pero no eran los mismos.
No suaves.
No inquisitivos.
Intensos.
«Lo sabías».
Su voz era baja.
Demasiado baja.
Luca no la interrumpió.
No se defendió.
Porque no había nada que interrumpir.
«Lo sospechaba», dijo.
Un error.
Porque eso no era mejor.
Era peor.
Elena dejó escapar una risa corta y hueca.
«¿Te oyes?»
Un paso más cerca.
«¿Lo