Mundo ficciónIniciar sesiónLo primero que Alessia aprendió…
¿Acaso esa transformación dolía?
No de la forma en que la gente imaginaba.
No era suave.
No era hermosa.
No era inspiradora.
Pero aguda.
Exigente.
Implacable.
Le dolía el cuerpo incluso antes de que saliera el sol.
Músculos que ni siquiera sabía que existían ardían con cada movimiento.
Sus pulmones luchaban por seguir el ritmo.
Le temblaban las piernas.
«Otra vez».
La voz de la entrenadora rompió el silencio.
Fría. Firme. Inflexible.
Alessia apretó la mandíbula.
El sudor se le pegaba a la piel, su respiración era irregular mientras se obligaba a volver a la posición.
«No puedo…»
«Sí, puedes».
Sin alzar la voz.
Sin ánimos.
Con seguridad.
No levantó la vista.
No discutió.
Porque algo dentro de ella se negaba a rendirse.
Esta vez no.
Otra vez no.
Así que se esforzó.
Otra vez.
Y otra vez.
Y otra vez.
Hasta que le temblaron los brazos.
Hasta que su visión se nubló.
Hasta que sintió que su cuerpo se derrumbaba.
Y aun así…
No se detuvo.
Los días se confundieron después de eso.
Dolor.
Rutina.
Silencio.
Su mundo se volvió estructurado.
Controlado.
Preciso.
Entrenamientos matutinos.
Comidas estrictas.
Horas de entrenamiento postural.
Corrección del habla.
«Habla más despacio», le dijo la instructora.
«La confianza no se consigue a la fuerza».
Practicaba frente a los espejos.
Cada palabra.
Cada pausa.
Cada respiración.
«Otra vez».
Siempre otra vez.
La primera vez que vio sangre…
No reaccionó.
Solo la miró fijamente.
Un pequeño corte en la palma de la mano.
Por apretar demasiado fuerte.
Por presionar demasiado.
La de antes se habría detenido.
Se habría quejado.
Se habría retirado.
¿Pero esta versión de ella?
Lo envolvió.
Y siguió adelante.
Luego vino la cirugía.
Eso fue diferente.
No era agotamiento físico.
Sino algo más profundo.
Miedo.
Frío.
Silencio.
Pesado.
Se sentó sola en la habitación antes de que comenzara.
Vestida de blanco.
Inmóvil.
Su reflejo la miró por última vez.
Familiar.
Suave.
La versión de ella que Adrian había rechazado.
Sus dedos se alzaron lentamente…
Recorriendo su mejilla.
Su mandíbula.
Sus labios.
«Esta es la última vez», susurró.
No con tristeza.
No con arrepentimiento.
Sino con comprensión.
Porque ahora sabía algo importante.
Esa versión de ella no era débil.
Simplemente era…
Invisible.
La puerta se abrió.
«Señorita Moretti».
Alessia bajó la mano.
Y se puso de pie.
Sin dudarlo.
Cuando despertó…
Todo se sentía diferente.
Tenía la cara vendada.
El cuerpo le pesaba.
Sus pensamientos eran lentos.
El dolor latía bajo la superficie.
Profundo.
Constante.
Pero incluso a pesar de todo…
Sintió algo más.
Alivio.
Como si le hubieran arrebatado algo.
Y algo nuevo la esperaba debajo.
Pasaron las semanas.
La recuperación no fue instantánea.
No fue perfecta.
No fue fácil.
Hubo días en que no podía mirarse al espejo.
Días en que lo cuestionaba todo.
Durante días se preguntó si había cometido un error.
Pero nunca lo dijo en voz alta.
Porque cada vez que la duda la invadía...
Recordaba su voz.
«No estás presentable».
Y así, sin más...
Siguió adelante.
Luca la visitaba rara vez.
Pero cuando lo hacía...
Observaba.
Siempre observando.
Siempre evaluando.
Nunca elogiando.
Nunca criticando.
Solo... notando.
«Estás mejorando», dijo una vez.
Ella lo miró.
Esperando.
«¿Eso es todo?», preguntó.
Un leve cambio en su expresión.
«Es suficiente».
No sonrió.
Pero algo en su interior se tranquilizó.
Por él...
Eso significaba más que nada.
La primera vez que se miró al espejo después de todo...
No se reconoció.
No de inmediato.
Sus rasgos eran más definidos.
Más marcados.
Equilibrados.
Controlados.
Su cuerpo también había cambiado.
Más fuerte.
Más estructurada.
Pero no era solo físico.
Se notaba en sus ojos.
La dulzura seguía ahí.
Pero ahora…
Estaba a la defensiva.
Protegida.
Su reflejo la miraba fijamente.
Sin pedir aprobación.
Sin buscar validación.
Simplemente… existía.
Y por primera vez…
No sintió la necesidad de arreglarlo.
«Estás lista».
La voz de Luca provino de detrás de ella.
No se giró de inmediato.
No apartó la mirada de su reflejo.
«¿Lista para qué?», preguntó.
«Para que te vean».
Algo se removió en su pecho.
Lentamente…
Se giró.
Él estaba allí de pie, como siempre.
Tranquilo.
Sereno.
Indescifrable.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran diferentes.
Más oscuros.
Más concentrados.
Como si él también la viera por primera vez.
—¿Te reconoces? —preguntó.
Ella vaciló.
Solo un segundo.
Luego…
—No.
Una pausa.
Entonces él asintió.
—Bien.
Frunció ligeramente el ceño.
—Eso significa que funcionó.
Exhaló lentamente.
—¿Y ahora qué?
Luca se acercó.
Lo suficiente como para que ella sintiera el cambio en el aire.
—Ahora —dijo en voz baja—
—Regresas.
Su corazón no se aceleró.
No entró en pánico.
Se calmó.
—¿Con él? —preguntó.
La mirada de Luca no vaciló.
—Con tu mundo.
Una pausa.
—Donde él existe.
Silencio.
Pesado.
Intencional.
—¿Y si me reconoce? —preguntó ella.
La expresión de Luca no cambió.
—No lo hará.
La seguridad en su voz le produjo un fuerte escalofrío.
—¿Y si lo hace?
Esta vez…
Una leve sonrisa asomó en sus labios.
—Entonces será aún más interesante.
Su respiración se calmó.
Sus dedos se relajaron a sus costados.
Y algo dentro de ella…
Algo que se había estado gestando silenciosamente…
Finalmente se asentó.
—Bien —dijo en voz baja.
Porque no iba a volver siendo la mujer que él había dejado.
Iba a volver siendo la mujer…
Que él jamás olvidaría.
Esa noche…
Mientras estaba sola de nuevo frente al espejo…
No tocó su reflejo.
No lo cuestionó.
No dudó.
Simplemente miró.
Y esta vez…
Sonrió.
No con dulzura. No con esperanza.
Sino con conocimiento de causa.
Porque la mujer que la miraba fijamente…
Ya no esperaba ser elegida.
Estaba a punto de ser deseada.







