La mansión Vane nunca se había sentido tan vasta, tan gélida y tan ridículamente silenciosa como esta mañana. Alexander se había marchado a la sede norte hacía apenas unas horas, y su ausencia era un hueco físico que yo no sabía cómo llenar. Era una contradicción irritante: pasaba la mitad del tiempo deseando que me dejara en paz y la otra mitad contando los segundos para que entrara por la puerta y me desafiara con esa mirada de acero.
Me desperté en nuestra cama —que técnicamente era su cam