El segundo día sin Alexander en la mansión se sentía como caminar a través de una gelatina invisible; todo era lento, pesado y ligeramente pegajoso. Me desperté con la extraña sensación de que las sábanas eran demasiado grandes y el aire demasiado frío. Victoria no había vuelto a aparecer por los pasillos desde nuestro encuentro matutino de ayer, lo cual era la única bendición en este desierto de mármol.
Intenté ocupar mis horas con los libros de texto, pero mi mente era una traidora. Me enco