El amanecer se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación. Salem fue el primero en despertarse, estirando sus diminutas patas y maullando con suavidad. Eda abrió los ojos con lentitud, sintiendo la calidez del sol en su rostro. A su lado, Christopher ya estaba de pie, apoyado contra la puerta con los brazos cruzados y una ceja arqueada.
— El felino me ha arañado esta mañana. Creo que quiere quedarse contigo y no conmigo —dijo Christopher con un tono divertido algo no muy usual en él.