El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Eda sintió una punzada aguda recorrer su vientre. Al principio pensó que era una falsa alarma, otra de las tantas contracciones de práctica que había experimentado en las últimas semanas. Pero cuando el dolor se intensificó y una ola de presión se apoderó de su cuerpo, supo que había llegado el momento.
—Christopher… —susurró, sacudiendo a su esposo, que dormía con un brazo protector alrededor de su cintura.
Su reacción fue inmediata. Apenas abrió