El olor a desinfectante impregnaba cada rincón de la habitación. La luz blanca de los fluorescentes caía implacable sobre las sábanas impolutas de la cama donde Eda estaba sentada. Sus mejillas seguían ligeramente pálidas, y aunque su cuerpo aún mostraba rastros de debilidad, sus ojos reflejaban esa suave determinación que siempre la caracterizaba, mientras que el porte de Christopher era la de un homnre inquebrantable, mientras se mantenía por delante de la doctora.
—Recuerde, señor Davenport