La sala estaba apenas iluminada por el resplandor dorado de las lámparas de pared qué ya fueron colocadas, proyectando sombras que parecían danzar sobre los muebles, los cartones y las cortinas de terciopelo. El silencio era casi absoluto, roto únicamente por el eco distante de un reloj marcando el paso lento de los segundos.
La pequeña mujer retrocede y Christopher no la detiene, ella avanza hasta la ventana y es el hombre quien va por detrás de ella. Eda permanecía de pie junto a una de las g