El sol comenzaba a declinar en el horizonte cuando el pequeño bote en el que viajaban Christopher y Eda finalmente divisó la isla. Era un paraíso oculto entre el azul del océano, una joya cubierta de frondosa vegetación que parecía flotar entre las olas. El aire olía a sal y a flores desconocidas, y las gaviotas planeaban en el cielo con sus graznidos, como si anunciaran la llegada de los dos viajeros.
Eda, sentada junto a Christopher, llevaba una mano sobre su pequeño vientre, mientras la otra