Eda estaba sentada en el asiento trasero de la patrulla, con las manos esposadas y los ojos inundados de lágrimas que no dejaban de caer por sus mejillas. Miraba por la ventana, tratando de entender cómo su día había dado ese giro tan oscuro. Su mente daba vueltas, intentando encontrar una explicación, una salida, algo que probara su inocencia. Pero lo único que sentía era la mirada fría de los policías que no habían dudado ni un segundo en culparla.
Cuando llegaron a la estación, la bajaron co