La madrugada se había instalado sobre la ciudad con una calma extraña. Las luces lejanas de Alborada apenas lograban atravesar los ventanales de la habitación privada del hospital. Todo permanecía en silencio. El sonido constante de los equipos médicos era el único recordatorio de que aquella tranquilidad todavía estaba rodeada de heridas recientes.
Vega abrió los ojos lentamente. Durante algunos segundos permaneció inmóvil, intentando orientarse. El sueño había sido ligero, interrumpido varias