El almacén permanecía sumido en una penumbra inquietante. Las luces industriales del techo apenas lograban romper la oscuridad que dominaba el enorme espacio. El eco de cada sonido parecía multiplicarse entre las paredes de concreto. En el centro de aquella inmensa estructura se encontraba Carlos Montero. Sentado en una silla metálica, con el rostro marcado por el agotamiento de los últimos días, intentaba conservar una dignidad que se desmoronaba poco a poco. Sin embargo, ni siquiera él podía