El almacén olía a óxido y a humedad vieja. Las únicas luces eran dos focos industriales que colgaban del techo con cables pelados, proyectando círculos amarillos y crudos sobre el suelo de concreto agrietado. En uno de esos círculos, William seguía suspendido de las cadenas, con la cabeza caída sobre el pecho y la respiración lenta pero presente. La camisa blanca que llevaba esa mañana era ahora un mapa de golpes y sangre seca.
Paolo estaba de pie frente a él con las manos dentro de los bolsillo