La habitación de Nahla en la mansión Casalins olía a gardenias. Valentina había insistido en poner un ramo sobre la mesita de noche, convencida de que el aroma calmaría los nervios de su hija. Nahla no le dijo que las flores no calmaban nada, que el silencio de esa habitación era más pesado que el ruido de la ciudad y que cada minuto que pasaba sin noticias de William era un minuto que le costaba más sostener la postura.
Pero no lo dijo. Dejó las gardenias.
Estaba sentada en el borde de la cama