El estruendo del motor fue lo único que advirtió a William de que el final tenía prisa. El vehículo, una masa de metal oscuro y veloz, no intentó frenar ni desviar su trayectoria. El impacto fue seco, brutal, un choque que transformó la estructura de un hombre poderoso en un cuerpo frágil que voló por los aires antes de azotar contra el asfalto.
El sonido de los huesos quebrándose se perdió en el rugido del coche que se alejaba, dejando atrás un rastro de caucho quemado y el silencio de una muer