Nahla sentía que el oxígeno le faltaba. Sus ojos iban del teléfono tirado en la alfombra al rostro de William, buscando desesperadamente una grieta en esa máscara de piedra que él se había puesto.
El hombre que la había besado con adoración apenas unas horas atrás parecía haberse evaporado, dejando en su lugar a un extraño rodeado de sombras. El silencio en el salón de los Casalins era una tortura, roto solo por la respiración agitada de su padre.
—Di algo, William —suplicó Nahla, con la voz ap