Aurora salió del hospital con el corazón hecho pedazos, pero el rostro firme. Había pasado más tiempo del permitido junto a Celeste, acariciando su mano, hablándole en voz baja como si la niña pudiera escucharla desde algún rincón lejano, prometiéndole que no la dejaría sola, que resistiría lo que fuera necesario con tal de mantenerla con vida. Esa promesa era lo único que la sostenía, lo único que le daba sentido a cada humillación, a cada decisión que no había elegido por sí misma.
Cuando cruz