Hill Enterprises estaba envuelta en un silencio tenso aquella mañana. No era el silencio habitual de eficiencia y concentración, sino uno cargado de urgencia, de nervios contenidos y miradas esquivas. Kevin Hill permanecía de pie frente a los ventanales de su despacho, con la ciudad de Bella Vista extendiéndose bajo sus pies como un tablero de ajedrez que, por primera vez en su vida, no sabía cómo mover.
La imagen de Leah, fría, distante, con esa mirada herida que no necesitó gritar para destrozarlo, se repetía una y otra vez en su mente.
Me crees tan estúpida, Kevin Hill.
Esas palabras habían calado más profundo que cualquier acusación pública, más que cualquier traición empresarial. Porque Leah no solo dudaba de él como CEO. Dudaba de él como hombre.
Kevin cerró los ojos y apoyó ambas manos sobre el vidrio frío. Todo esto estaba convirtiéndose en un calvario para el CEO.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes.
La puerta de su despacho se abrió con rapidez, rompiendo el silencio.