—Verónica —gimió—. ¡No la toques, carajo!
Se sentó de golpe y yo reprimí un sollozo como respuesta. Sus ojos inyectados en sangre se encontraron con los míos y me miró fijamente. Conmoción. Dolor. Ternura. Perdida. Admiración. Había un profundo tormento en sus ojos oscuros. Tormento. Ira. Y amor.
¿Cómo era posible que me mirara con tanto dolor en sus ojos y, sin embargo, su mirada aún estuviera llena de tanto amor?
Fue una tragedia para mi corazón.
—Tú… —empezó con voz ronca y soñolienta—. ¿Qué